La Sevilla de Cervantes

El mapa histórico de las páginas cervantinas

La dehesa de Tablada era lugar de esparcimiento en tiempos de...

La dehesa de Tablada era lugar de esparcimiento en tiempos de Cervantes.CONCHITINA

  • Un libro rescata los escenarios sevillanos que Cervantes incluyó en sus obras

Dentro de sus páginas aún se intuyen los viejos mapas sevillanos. Bajo las historias cervantinas permanece una Sevilla casi desaparecida, pero aún reconocible, con su paisaje humano no tan diferente del Siglo de Oro. Tomó Cervantes bocetos del natural en la ciudad más poderosa del imperio español de la época, donde llegaban los tesoros del Nuevo Mundo pero también donde habitaba la flor y nata de la matonería andante.

Los profesores Rogelio Reyes Cano y Pedro M. Piñero Ramírez podrían pasear con precisión por esta Sevilla cervantina. Durante décadas han analizado la vida y obra del autor alcalaíno dedicándose también al curioso arte de la topoliteratura reconociendo los lugares sevillanos que aparecen en su obra.

Ambos acaban de publicar La imagen de Sevilla en la obra de Cervantes. Espacio y paisaje humano (Universidad de Sevilla), libro en el que resumen sus trayectorias de grandes investigadores, el culmen de una carrera. Además del análisis literario de la obra cervantina hay un profundísimo trabajo de antropología histórica, de costumbres, de estudios etimológicos, de modo que el lector asiste al levantamiento de las capas históricas de la ciudad para descubrir cómo era la Sevilla de Cervantes y dónde localiza las escenas de sus novelas. Una obra que se sitúa a la altura de un delicioso clásico, el libro que Caballero Bonald dedicó al tema: Sevilla en tiempos de Cervantes.

De la mano de Rogelio Reyes y Pedro M. Piñero se descubre dónde se vendía el pescado, la carne o el vino; los lugares donde se reunían los pícaros; la atmósfera del puerto o del matadero; el ambiente bullicioso de las casas de gula o de lujuria. Además de la Sevilla del poder situada en la Plaza de San Francisco con la sede del Cabildo o Ayuntamiento y enfrente, la de la Real Audiencia justo donde Cervantes sufrió el proceso que en 1597 le llevaría a la vecina Cárcel Real y donde la tradición sitúa el lugar probable donde quizás comenzó a escribir el Quijote.

Uno de los aspectos más destacados de la obra es la confirmación de que con Cervantes se asiste a la gestación de la novela realista moderna. Lo escribió el gran Márquez Villanueva acerca de cómo Cervantes incorpora de forma moderna el paisaje urbano: «Cervantes ha dado en esto un gran paso hacia el futuro, porque dicha presencia diegética de la ciudad sólo es propia de los siglos XIX y XX, cuando el París de Balzac, la Parma de Stendhal, el Londres de Dickens, el Madrid de Galdós, el San Petersburgo de Dostoievsky, el Dublín de Joyce, la Praga de Kafka, la Alejandría de Durell, se vuelven moneda corriente de una serie iniciada siglos atrás por la Sevilla de Cervantes».

En este libro se repasa Sevilla en Cervantes y Cervantes en Sevilla con El coloquio de los perros y el can Berganza que había nacido en el famoso Matadero; La española inglesa en torno al convento de Santa Paula; El celoso extremeño con Carrizales, uno de los típicos indianos o peruleros que procedentes del Perú regresaban a disfrutar de las riquezas conseguidas en el Nuevo Mundo; El rufián dichoso donde se recorre la Sevilla del hampa y, por supuesto, Rinconete y Cortadillo con sus mapas de la picardía sevillana.

Frecuentó Cervantes los mesones y tabernas así como el ambiente de los mercados recreando en sus Novelas Ejemplares el mapa de la gula sevillana. El banquete que tiene lugar en casa de Monipodio es todo un tratado de la comida sevillana regada además con buenos tragos de tinto trasañejo de Cazalla y Guadalcanal. En la mesa de los maleantes aparecen «tajadas de bacallao frito, aceitunas del Aljarafe, camarones y cangrejos del río, alcaparrones ahogados en pimientos, unas hogazas de pan blanco de Gandul».

A partir de las obras de Cervantes se descubren los famosos albures, anguilas y sábalos del Alamillo y «los modestos mariscos meridionales, camarones y cangrejos, que se pregonaban por las calles de la ciudad todavía bien avanzado el pasado siglo XX y se comían al atardecer en las terrazas de los quioscos y bares». De los pescados de la costa cita Cervantes las sardinas y acedías. Del pescado curado en sal, la palma se la llevaba el bacalao, procedente de Sanlúcar de Barrameda, que se comía, preferentemente, frito tal como se sirve en la cena de la casa de Monipodio.

Entre las carnes, Cervantes sólo cita el conejo, que se cazaría con facilidad en los campos que rodean la ciudad, pero con la particularidad de servirse empanado y mechado con «saetas de tocino».

Todo un vergel de frutas del tiempo -limones, naranjas, uvas blancas de las cepas de Triana- añora el personaje de fray Antonio en El rufián dichoso en el exilio conventual de México: «¡Oh uvas albarazadas,/ que en el pago de Triana/ por la noche sois cortadas,/ y os halláis a la mañana/ tan frescas y aljofaradas,/ que no hay cosa más hermosa!».

LA DEHESA DE TABLADA

Saliendo por la Puerta de Jerez, en los remansos del Tagarete, había en la época zonas no aconsejables. Allí se extendían juncos, mimbres y aneas que servían para que se ocultaran maleantes que quedaban fuera de la ciudad por la noche cuando, a las ocho, se cerraban las puertas de la ciudad. Caminando hacia la dehesa de Tablada se llegaba a uno de los lugares de recreo preferidos por los sevillanos. Para demostrar el grado de recogimiento de unos de sus personajes, Isabela, la española inglesa, asegura que «jamás visitó el río, ni pasó a Triana, ni vio el común regocijo de Tablada y Puerta de Jerez».

Sin embargo, «cuando el sol se ponía por los cabezos que forman la cornisa del Aljarafe había que salir a escape del lugar y recogerse en la ciudad», explican Rogelio Reyes y Pedro M. Piñero apuntando además que las barrancas y hoyas de Tablada se convertían en un prostíbulo al aire libre pero con mujeres que padecían dolencias venéreas y que habían sido arrojadas del Compás de la Mancebía al ser denunciadas por el cirujano encargado de la salud en la casa pública.

EL MATADERO

Entre la calle de Santa María la Blanca y la actual Cano y Cueto se levantaba hasta 1864 la Puerta de la Carne, llamada así por la proximidad del Matadero. Allí dan comienzo las andanzas del perro Berganza quien describe el ambiente de los famosos jiferos, «gente ancha de conciencia, desalmada, sin temor al Rey ni a su justicia». El Matadero se construyó en 1489 en lo que hoy es la calle Demetrio de los Ríos, en el solar ocupado desde 1927 por el Mercado de Abastos. Y enfrente, aproximadamente donde hoy se encuentra el Parque de Bomberos se levantaba el Rastro, un espacio dedicado al mercado de ganado menor. En esta zona, llena de corrales, escombros y estiércol, también se alanceaban toros.

EL ALAMILLO

Ambiente campestre en el parque del Alamillo.

Ambiente campestre en el parque del Alamillo.CONCHITINA

Otro lugar preferido de esparcimiento era el Alamillo, junto al Guadalquivir. «Aquella arboleda tenía una ventaja para organizar comilonas al aire libre, y es que a tiro de caña, en sus aguas, podía uno abastecerse de los peces del río: los famosos albures, sollos y sábalos», aseguran los autores. En El rufián dichoso, las mujeres del burdel se reúnen en el Alamillo dando un buen repaso a la comida sevillana como en una escena de reuniones campestres en el actual parque urbano: «Hay el conejo empanado,/ por mil partes traspasado/ con saetas de tocino;/ blanco el pan, aloque el vino,/ y hay turrón alicantado».

TRIANA

Eran los dominios de Monipodio y un lugar preferido de Cervantes. En El coloquio de los perros se localiza la casa del «capo de los maleantes sevillanos», aunque es en Rinconete y Cortadillo donde adquiere dimensión. El cuartelillo donde se reúne «la germanesca arrufada y garbeadora, espuma de lo burlesco», como escribiera el histórico cervantista Francisco Rodríguez Marín, era una casa de Triana que se encontraba junto al Molino de la Pólvora. Este lugar se localizaba en el puerto de los Camaroneros, justo enfrente de la Torre del Oro. Allí existía un molino de pólvora que, por cierto, estalló un 15 de mayo de 1579. Luego volvió a levantarse detrás del convento de Nuestra Señora de los Remedios, en un lugar llamado de las Bandurrias volviendo a estallar el 14 de noviembre de 1613. Cervantes debió de referirse a este segundo molino, aunque la tradición «avala que la casa de Monipodio estuvo en la actual calle Troya». Desde luego era la típica casa sevillana: «Les mandó esperar en un pequeño patio ladrillado, que de puro limpio y aljimifrado parecía que vertía carmín de lo más fino. A un lado estaba un banco de tres pies y al otro un cántaro desbocado, con un jarrillo encima, no menos falto que el cántaro; a otra parte estaba una estera de enea, y en el medio, un tiesto, que en Sevilla llaman maceta, de albahaca».

CALLE DE LA FERIA

En el cartapacio cervantino de la materia sevillana existe todo un tratado de la llamada gente de barrio. En El celoso extremeño se apunta: «Hay en Sevilla un género de gente ociosa y holgazana, a quien comúnmente suelen llamar gente de barrio». E incluso se detalla la vestimenta de estas pandillas de gamberros de la época que iban con «ropilla y calzones de jergueta», «mangas del jubón acañutadas», el «cuello de la camisa agorguerado», «guantes de polvillo y mondadientes de lantisco y, sobre todo, copete rizado y alguna vez ungido con algalia». Según el Tesoro de la lengua castellana de Covarrubias, el copete era «el cabello que las damas traen levantado sobre la frente» y que a veces llevaban algunos afeminados muy a la moda cuando se acompañaban de las guedejas -o mechones- asortijadas sobre las sienes. Un peinado que incluso llegó a prohibirse en 1617.

EL ARENAL

El Arenal, un lugar de encuentro de la picaresca.

El Arenal, un lugar de encuentro de la picaresca.JESÚS MORÓN

El Arenal era uno de los grandes escenarios de la «Roma triunfante en ánimo y grandeza», el lugar al que llegaban las galeras de Indias con sus riquezas, donde partían todos los que querían embarcarse al Nuevo Mundo y el puerto al que arribaban las mercancías y se reunía la marinería procedente de lejanos lugares. Durante todo el día había funcionarios de la aduana, almojarifes, alguaciles y corchetes, marinos, navegantes y viajeros, cargadores, carreteros, trabajadores de muy diferentes oficios, maleantes al acecho, «que en la jerga de germanía, se llaman avispones». La Aduana, que se encontraba junto a las Atarazanas de 1587, era «como un gran monstruo administrativo de la maquinaria fiscal impresionante de la ciudad que se tragaba, con la insaciable voracidad del fisco, todo lo que entraba».

Muy cerca se encontraba el popular Baratillo, mercadillo de cosas robadas y cosas usadas. «Vendría a ocupar una parte del espacio que hoy es la plaza de toros de la Maestranza y alrededores. Junto a ese espacio, corriendo el tiempo, se edificó la capilla del Baratillo, dedicada a Nuestra Señora de la Piedad, que se levantó justamente en el lugar que ocupaba una Cruz de hierro que se mantuvo de pie hasta mediados del siglo XVII», explican los autores. El hedor era insoportable por la sentina de los barcos y el muladar que formaba el llamado monte del Baratillo. En este mercado venden Rinconete y Cortadillo lo robado, porque en este lugar los ladrones se deshacían de lo que habían afanado en la ciudad. Realidad que no parece haber cambiado aunque sí ha mudado la costumbre a otras zonas de la ciudad contemporánea. «Vendieron las camisas en el malbaratillo que se hace fuera de la puerta del Arenal, y de ellas hicieron veinte reales».

COMPÁS DE LA MANCEBÍA

El Compás de la Mancebía era el centro de la putería sevillana y aparece en El Rufián dichoso. Su protagonista, Cristóbal de Lugo, acude con el fiel Lagartija y Carrascosa, jefe de la casa pública sevillana, a la ‘ermita’ del compás: «Se alude en sentido jocoso, por lenocinio, donde se encuentran las boticas, que son las casuchas o cuartuchos que ocupaban las coimas».

El compás estaba intramuros y transcurría a lo largo de la muralla desde la Puerta del Arenal hasta lo que hoy es la confluencia de la calle Zaragoza con la de Reyes Católicos. Sería la zona ocupada principalmente por las calles de Castelar, Gamazo, Molviedro y Rositas. «En la época se conocía con el nombre de la Laguna (de la Pajería, de la Carretería Vieja, de la Mancebía o del Compás), porque allí, al pie de la misma muralla, se formaban unas charcas debido a la depresión del terreno por donde, en un tiempo atrás, había discurrido un antiguo brazo del río», aclaran Rogelio Reyes y Pedro M. Piñero.

Las prostitutas vivían allí alquiladas en casuchas miserables también llamadas boticas con una cama de cordel o trinquete. Habría que recordar que el personaje de Repolido en Rinconete y Cortadillo llama a la Cariharta «señora trinquete». Las ordenanzas municipales intentaron regular durante siglos la vida de los prostíbulos y a las llamadas mujeres del partido, o sea las prostitutas de oficio, así que las obligaban a diferenciarse con unas godeñas o marcas que fueron cambiando con el tiempo. «Vestían unas tocas azafranadas o se ponían un prendedero de oropel en la cabeza encima de las tocas, o unas mantillas amarillas cortas sobre las sayas. Más tarde, en los años de Cervantes, estas mujeres llevaban sus mantos doblados». Así aparecían las mozas Gananciosa y la Escalanta en casa de Monipodio: «Al volver que volvió Monipodio, entraron con él dos mozas, afeitados los rostros, llenos de color los labios y de albayalde los pechos, cubiertas con medios mantos de anascote, llenas de desenfado y desvergüenza:señales claras por donde, en viéndolas Rinconete y Cortadillo, conocieron que eran de la casa llana, y no se engañaron en nada».

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