Mocha Dick

LAS GRANDES ISLAS DE LA NOVELA Moby Dick

Isla Mocha, allí donde las almas llegan

  • Jeremiah Reynolds narró la historia de una gran ballena blanca, llamada ‘Mocha Dick’

  • El cetáceo fue la inspiración de Melville, que no citó la isla

  • Este ‘olvido’ ha ayudado a que conserve su virginal naturaleza y las leyendas que la rodean

  • Sus 800 vecinos agradecen a Melville que no les mencionara

  • ‘Los que vienen a la isla es porque saben la auténtica historia’

JOSÉ ANTONIO AYUSOSantiago de Chile

Actualizado: 03/08/2014 01:54 horas

Pasear por Isla Mocha (Chile) es como caminar por el pasado, un pasado lleno de aventuras y de desgracias. Un pasado al que solamente le falta una pieza para que su engranaje funcione exacto, puntual como el de un reloj: la ausencia de las pisadas de Herman Melville (1819-1891).

El escritor estadounidense jamás anduvo por la selva húmeda del interior de la isla ni tan siquiera observó, junto a las rampas balleneras, como los cetáceos nadaban a sus anchas en las proximidades de su costa. Melville no pisó la isla chilena, pero sí tomó prestado de ella una de sus grandes leyendas, la de Mocha Dick, para crear la novela ballenera más famosa de la historia: Moby Dick.

Mocha Dick fue una gran ballena blanca que vivió en la primera mitad del siglo XIX en las costas de Chile, conocida por su extrema fortaleza y por el elevado número de embarcaciones que hundió. Además del nombre propio del mamífero, este argumento suena familiar al que Melville desarrolla en su libro, con el aliciente de que la historia de Mocha Dick fue escrita 12 años antes que la del escritor neoyorquino.

Siendo honestos con la obra del literato estadounidense, es justo señalar que pese a que los indicios y nuestro juicio nos orientan a apuntar a Mocha Dick como la gran fuente de inspiración de Melville en su novela magna, las 15 páginas de extensión de la historia de la ballena chilena no llegan, ni por asomo, a profundizar en temas que van más allá de la banalidad de la pesca ballenera, y que se centran en aspectos filosóficos, sociológicos y teológicos que confluyen en un simbolismo único en la literatura occidental escritos con maestría por el creador de Moby Dick.

A principios de mayo de 1839 se ponía en circulación el volumen 13 de The Knickerbocker, un afamado magazine neoyorquino de la época. En él, Jeremiah N. Reynolds escribía entre las páginas 377 y 392 el relato que serviría de embrión para Moby Dick.

Reynolds, nacido en 1799 en Pensilvania, era un editor periodístico y un amante de la ciencia y la aventura. A finales de 1829, realizó una expedición al Polo Sur junto a la South Sea Fur Company and Exploring Expedition, una institución a medio camino entre el fin empresarial -buscaban la localización y explotación de colonias de lobos marinos-, y el científico. «Tras múltiples peripecias, concluyeron que no era posible llegar al Polo, pues estaba bloqueado por un continente de hielo», asegura Armando Cartes Montory, miembro de la Academia de Historia Naval y Marítima de Chile, en el prólogo de la reedición chilena de Mocha Dick, de Jeremiah N. Reynolds.

Dos bergantines y una goleta

El explorador había pasado menos de un año intentando llegar al extremo sur del planeta con tres embarcaciones: los bergantines Seraph y Annawan y la goleta Penguin. Tras todo ese tiempo su expedición estaba a milímetros del desastre: el temor de un posible amotinamiento por parte de la tripulación crecía cada día. Entre los capitanes y el equipo científico tomaron la decisión de desembarcar en la costa chilena, en Valparaíso. Eso serviría como descanso y calmaría los ánimos de los oficiales desencantados, que comenzaban a afilar sus sables.

Pese a que existe un vacío documental que hace desconocer hechos concretos de cómo Reynolds llegó a la isla Mocha, sí se sabe que el motín de los marineros finalmente ocurrió: está datado a finales de mayo de 1830. Este hecho hizo que muchos tripulantes desertaran y, según la rumorología marinera de la época, Reynolds y uno de sus socios, el doctor Watson, fueron desembarcados frente a la costa de la actual región del BíoBío, en Chile.

Fue en las cercanías del río Imperial (o Cautín en el idioma mapudungun) donde Reynolds contactó con la población autóctona, los mapuches. Según relatos de la época, concretamente los de Voyages Round The World de Edmund Fanning, al explorador, junto al doctor Watson, se le permitió acceder hasta el interior del país, algo que los nativos no habían consentido a ningún extranjero desde hacía 150 años.

Las relaciones entre ellos y los mapuches tuvieron una buena sintonía y, tras acordar algunos intercambios comerciales, Reynolds navegó varios kilómetros hasta la Isla Mocha.

Habitada por españoles y abandonada

«Esperábamos encontrar la isla Santa María aún más extraordinaria, por la exuberancia de su vegetación que, incluso, el fértil suelo de la Isla Mocha (…). La Mocha se encuentra frente a las costas de Chile, a los 38º 28′ de latitud sur, 20 leguas al norte del Mono del Bonifacio y frente al río Imperial, en posición oeste-sudoeste. Durante el último siglo la isla fue habitada por españoles, pero en el presente y desde hace algunos años, yace completamente abandonada».

Así describía a la isla en el primer párrafo de su relato publicado en The Knickerbocker en 1839. El artículo ponía en el mapa una de las joyas de la naturaleza más espectaculares de todo el cono Sur: la isla Mocha. Este desconocido trozo de tierra se encuentra a 34 kilómetros de la costa chilena frente a la ciudad de Tirúa. Tiene tantas particularidades geográficas e históricas propias que resulta sorprendente que nadie se haya erigido, aun, como redescubridor de este paraje natural.

Desde los primeros documentos históricos que se conocen, la isla tiene un pasado que bordea el drama más absoluto y las aventuras más románticas. Su nombre proviene del idioma de los Lafkenches, una de las tribus de etnia Mapuche y que significa «gente de mar». Mocha deriva de la palabra amucha que está compuesta por am que significa alma y ucha: resucitar. Por lo que se podría traducir como «resurrección de las almas».

Este significado de corte místico le da atribuciones sagradas a la isla y es que según la cosmología mapuche existe un relato llamada Trempulcahue en el que cuatro ancianas se transforman en criaturas, con aspecto de ballenas, cada anochecer sin que nadie las vea ni oiga. Su misión es la de transportar las almas de los muertos hasta el lugar del Ngill chenmaywe, el «lugar de reunión». La isla Mocha sería ese lugar de reunión donde las almas llegan.

Pese al peso histórico y espiritual del enclave, Felipe II ordenó el despoblamiento de la isla en 1608. Su razón fundamental era la posible ayuda que los indígenas ofrecían o podían ofrecer a los corsarios ingleses y holandeses. La orden tardó casi 80 años en cumplirse y en 1685 las tropas españolas apresaron a todos los habitantes de la isla y los desplazaron hasta uno de los valles que se forman en las inmediaciones del río BíoBío, a 200 kilómetros de Mocha. El monarca español estaba en lo cierto sobre la presencia de la piratería en la isla, pero irónicamente uno de los arribos más conocidos, que fue realizado por el famoso corsario inglés Francis Drake, se saldó, en contra de lo que Felipe II pensaba, con los nativos atacando a las tropas de Drake. En la disputa el pirata fue herido en la cara y también perdió a dos de sus hombres, entre ellos uno de sus cirujanos. La piratería no ceso durante varios siglos y se calcula que sólo en la costa de la isla existen más de 100 naufragios, ya que los filibusteros utilizaban la isla como lugar de descanso y para aprovisionarse.

En el año 2007 la isla tuvo otro sobresalto histórico. Unos arqueólogos descubrieron huesos de gallinas polinésicas. El ADN de los animales data entre 1304 y 1424, por lo que se ha extendido la teoría de que hubo un contacto anterior a los españoles entre navegantes de la Oceanía y la población americana. A la vez, existe la corriente científica que discrepa de esa teoría y asegura que los restos fueron arrastrados a través de las corrientes marinas.

Isla Mocha permaneció casi 160 años sin habitantes. Este paréntesis hizo que la naturaleza existente no fuera adulterada con otras especies foráneas y es por eso que a día de hoy la isla tiene uno de los siete microclimas menos intervenidos del mundo y es objeto de investigación por parte de la élite científica.

Fue, sobre todo, gracias al negocio ballenero que la isla se volvió a repoblar, entre finales del siglo XVII y principios del siglo XIX. Y de ese boyante negocio surgió el gran mito de Mocha Dick que posteriormente se transformaría en Moby Dick. En 1809 se avistó por primera vez a la gran ballena albina, concretamente 10 años antes del nacimiento de Herman Melville. Desde entonces el mamífero se convirtió en una obsesión para los balleneros de la zona, y Reynolds lo describía en su texto con un «tamaño y fuerza prodigiosa… blanco como la lana».

El texto publicado en The Knickerbocker aseguraba que en el lomo llevaba clavado mucho arpones y que se necesitaron varios barcos para poder matar a la ballena en una dura batalla en la que Mocha intentaba ayudar a una ballena y sus crías que estaban siendo atacadas.

Melville, sin embargo, sitúa el principio de la acción en la isla de Nantucket, Massachusetts, el mismo lugar del que parte el Essex, un famoso barco ballenero hundido en 1820 por un cetáceo albino de dimensiones descomunales. De alguna manera el autor neoyorquino fusiona el relato de Reynolds con la historia del Essex, que también fue objeto de varios libros por parte de los supervivientes, en los que narraban su largo naufragio, cargado de tragedia, canibalismo y locura, reencontrándose todos ellos, ya en tierra firme, en el puerto de Valparaíso, curiosamente, también en Chile…

Melville no se acordó de Isla Mocha en Moby Dick, pero quizás sea mejor así. Quizás haya sido uno de los factores por los que se ha conservado mejor este pequeño paraíso situado en la costa chilena. Sus habitantes, no más de 800, mantienen vivas las leyendas de piratas y ballenas, y aseguran que no tienen rencor a Melville: «Los que vienen a la isla es porque saben la auténtica historia».

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